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Se que existe el ser porque alguna vez he experimentado su plenitud. Esa felicidad absoluta, esa paz inquebrantable, esa seguridad, la tranquilidad de estar presente y confiar absolutamente en el destino. La aceptación de lo que es y de lo que será. Me he visto ahí, respirándome, creando y creyendo como un ser divino, sin miedo. Como si hubieran reseteado mi mente y la única programación que hubiera en ella es perfección y felicidad.

Pero tan pronto comienza a divagar mi mente me encuentro con los problemas sin resolver, los miedos, los juicios, el pasado con sus dolorosos recuerdos, con los millones de caminos que pude haber tomado y con la resignación, en ocasiones, del camino que finalmente tomé. Otras veces me topo con el futuro, haciendo planes con ilusión e imaginando, de alguna manera, días mejores. Pero cuando vuelvo al presente vuelvo a la culpa, culpa por aquello que no puedo cambiar y por mis ambiciones futuras que no me dejan disfrutar del hoy y sus riquezas.

Por otro lado mi cuerpo me aferra constantemente al plano terrenal. Me recuerda todo aquello que me guardo y que trato de esconder de otros y lo más importante, de mi misma. Mi cuerpo grita con dolor, se cansa, se agota, se inflama. Mi cuerpo me grita: se amable, se amable contigo misma, trátate con cariño, quiérete, ámate, acéptate. A veces lo acallo con pastillas, a veces decido sentirlo y aceptar las consecuencias de mis decisiones, lo que es sumamente duro, pues recurro a la culpa, al auto flagelo y comienzo de nuevo el ciclo del dolor, aunque de otro tipo.

Desde que me vivo en mindfulness he aprendido a reprogramar mi mente. Me observo con atención y me doy cuenta de cosas que antes no era consciente. Veo la posición que adopta mi cuerpo según la emoción que siente. Esto me es útil, pues muchas veces me doy cuenta primero de la incomodidad física antes que de la emocional, y a través del cuerpo, que me envía la señal, me permito mirar adentro. Otras veces es la respiración quien me alerta. Se vuelve superficial y veloz provocándome ansiedad, o quizás es la ansiedad lo que me hace respirar así. De cualquier forma lo uso como herramienta. Respiro hondo y de manera relajada, cerrando los ojos, enfocando en mi cuerpo la atención y eso me permite volver a mi centro.

La incomodidad en mi cuerpo me avisa de la intensidad de una emoción. La acidez me alerta de la rabia, pero también de la tristeza y la soledad, tan presentes en mi vida. Para combatirla me recuerdo que no estoy sola, que soy un ser amado y aceptado y que ya puedo soltar la lucha y descansar. El agotamiento me habla de mis auto exigencias y mi caderas de mi rigidez. La rigidez en mis músculos me habla del peso que muchas veces he cargado sobre mis hombros. Mis responsabilidades y además las de mi familia, por lo que ahora trato de regresarle el poder a cada uno de sus integrantes para liberarme yo de este peso.

En cualquier caso, aunque parezca que mi cuerpo está mandando en esta trilogía, es el canal que me está haciendo despertar a través de su escucha atenta. Mi mente está cada vez más presente y lúcida y mi ser se asoma a juguetear de vez en cuando. Se esconde y se ríe del cuerpo y de la mente, pero sabe que en cualquier momento deberá salir para que los tres nos sentemos a disfrutar de lo absurda y maravillosa que es la vida.

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